jueves, 13 de mayo de 2010

Don Quijote libera a unos presos

¡Ah!, la ingratitud.
El episodio de los presos que libera Don Quijote me recuerda a algunos que ayudé, salvé y defendí (aunque eran indefendibles) y me pagaron con la misma moneda que los presos a nuestro caballero. A Sancho Panza le robaron a su adorado asno, a mí, hasta las migajas.
Lo bueno es que sé que me esperan grandes aventuras como al caballero andante, Y a ellos...
Mejor sigamos con la historia:
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Capítulo XXII
De la libertad que dio Don quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

Don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro, por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venían asimismo con ellos dos hombres a caballo y dos a pie. Los de a caballo, con escopetas; y los de a pie con dardos y espadas, y así como los vio Sancho, dijo:
--Ésa es la cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
Pues de esa manera –dijo don Quijote—aquí encaja la ejecución de mi oficio: deshacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
--Advierta vuesta merced –dijo Sancho— que la justicia, que es el mismo rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos.
Llegó en esto la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy buenas razones, pidió a los que iban de guarda que le dijesen las causas por las que iba aquella gente de esa manera.
Uno de los guardas respondió que eran galeotes, que iba a galeras, y que no había más que decir.

Don Quijote preguntó al primero de la cadena que por qué pecados iba de tan mala guisa. Èl respondió que por enamorado.
--¿Por eso nomás? --replicó don Quijote--. Pues si por enamorados echan a galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ella.
--No son los amores como los que vuestra merced piensa --dijo el galeote--, que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertement, que a no quitármela la justicia por fuerza, aún ahora no la hubiera dejado por mi voluntad.
Lo mismo preguntó don Quijote al segundo preso, el cual no respondió palabra, según iba de triste y melancólico; mas respondió por él el primero, y dijo:ç
--Este, señor, va por canario, digo, por músico y cantor.
--Pues ¿cómo?-- repitió don Quijote--. ¿Por músicos y cantores van también a galeras?
--Sí señor --respondió el galeote--, que no hay peor cosa que cantar en el ansia. Mas uno de los guardias dijo:
--Señor caballero, cantar en el ansia se dice entre esta gente non santa confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confesó, lo condenaron a seis años a galeras, amén de doscientos azotes que ya lleva en las espaldas.
Don Quijote interrogó a los demás prisioneros y Sancho se conmovió tanto por ver a uno de ellos llorar, que sacó una moneda y se la dio de limosna.
Tras todos los presos venía un hombre de muy buen parecer, de edad de 30 años. Venía diferentemente atado que los demás, porque traía una cadena al pie, tan grande, que se liaba por todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la una en la cadena, y la otra de las que llaman guradamigo, de las cuales descendían dos hierros que llegaban a la cintura, en las cuales se asían dos esposas, donde llevaba las manos cerradas con un grueso candado.
Preguntó don Quijote por qué ese hombre iba con tantas prisiones más que los otros. El guardia le rspondió que porque tenía aquel sólo más delitos que todos los otros juntos, y que era tan atrevido y tan grande bellaco, que aunque lo llevaban de aquella manera, no iban seguros de él, sino que temían que se les había de huir.
--¿Qué delitos puede tener? --dijo don Quijote--
--Va por diez años --replicó el guarda--, que es como muerte civil, no quiera saber más sino que este buen hombre es el famoso Ginés de Pasamonte.
El preso le dijo don Quijote:
--Señor caballero, si tiene algo que darnos, dénoslo ya y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas.
El comisario alzó la vara para dar a Pasamonte, en respuesta a su amenaza, mas don Quijote se puso en medio, y el rogó que no lo maltratase, pues no era mucho que quien llevaba las manos atadas tuviese algo suelta la lengua; y volviéndose a todos los de la cadena, dijo:
--De todo cuanteo me habéis dicho, hermanos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a paeecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas de muy mala gana, y muy contra vuestra voluntad, y que podría ser que el torcido juicio del juez haya sido causa de vuestra perdición, y de no haber valido con la justicia que de vuestra parte tenías, todo lo cual se me representa a mí en la menmoria que muestre con vosotros el efecto para que el Cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar la orden de caballería, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores. Quiero rogar a estos señores guardias que sean servidos de dasatarlos y dejarlos ir en paz, que nos faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; Dios hay en el cielo, que nose descuida de castigar al malo, ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de otros hombres.Pido esto con mansedumbre y sosiego, si lo cumplís, os agradezco, pero si no lo hacéis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.
--Donosa majadería --respondió el comisario--. Váyase, señor, enhorabuena, y enderécese ese bacín que trae en la cabeza, y no ante buscando tres pies al gato.
--¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondió don Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto, que no tuvo tiempo de defenderse y dio en el suelo, malherido, de una lanzada. A don Quijote le vino bien que ese era el guarda de la escopeta. Los demas guadianes quedaron atónitos y suspensos del noo esperado acontecimiwento; pero, volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de a pie, a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los esperaba; y sin duda lo pasara mal, si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de alcanzar la libertad, no lo procuraran, buscando romper la cadena donde venían amarrados. Fue la revuelta de manera que los guardias, ya por acudir a los agaleotes que se desataban, ya por acometer a don Quijote, que los acometia, no pudieron hacer nada.
Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue el primero que saltó en la campaña libre y desembarazado, y arremetiendo al comisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando, hizo huir a los demás guardias, que escapaban también de las pedradas que ya los sueltos galeotes les tiraban.
Don Quijote llamó a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían despojado al comisario hasta dejarlo en cueros. Se pusieron todos alrededor, para ver lo que les mandaba, y así les dijo:
--De gente bien nacida es agradecer lso beneficios que reciben, y uno de los pecados que más ofenden a Dios es la ingratitud. Lo digo, porque ya habéis visto, señores, el favor que de mí han recibido; en pago del cual querría yo, y es mi voluntad, que cargados de esa cadena que quité de vuestros cuellos, se pongáis en camino a la ciuidad del Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea, y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto esta famosa aventura, y hecho esto, podréis ir a donde quiera la buena ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
--LO que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible, porque no podemos ir juntos por los caminos. Lo que vuestra merced puede hacer, es mudar ese servicio y montazgo de la Señora Dulcinea del Toboso, en alguna cantidad de avemarías y credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced, porque pensar que hemos de volver a tomar nuestras cadenas y ponernos en el camino del Toboso, es pensar que ahora es de noche, y pedir a nosotros eso es como pedir peras al olmo.
--Pues voto a tal --dijo don Quijote, ya puesto en cólera--, don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo o como os llaméis, que habíes de ir vos, solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, ya enterado de que don Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de darles libertad, viéndose tratar de aqeulla manera, hizo señas a sus compañeros, y comenzaron a llover piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el porbre Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube y pedrisco que a ambos les llovía.
No se pudo escudar tan bien don Quijote, que con tal fuerza el dieron los guijarros, que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando vino sobre él uno de los presos y le quitó la bacía de la cabeza, y le dio con ésta tres o cuatro golpes en las espaldas, y la hizo casi pedazos; le quitó una ropilla que traía sobre las armas, y las medias calzas le quería quitar, si la armadura no le estorbara. A Sancho le quitaron el gabaán y lo dejaron en pleota, repartiendo entre sí los demás despojos de la batalla, y se fueron cada uno por su parte.
Solos quedaron jumento y Rocinnte, Sancho y don Quijote. El jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas. Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada. Sancho, en pelota, y temeroso de la Santa Hermandad. Don Quijote, muy enojado de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho.

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